El primer sí
Antes de que existiera TOTA, existía Amalia.
Tenía casi nueve años cuando salí de mi casa agarrada de la mano de mi mamá, como lo hacíamos siempre. Pensé que sería un día cualquiera. Ella tenía que hacer unas vueltas y yo, feliz de acompañarla. Nunca imaginé que ese día iba a quedarse conmigo para siempre.
Llegamos a un almacén de telas. A mi mamá le encantaban esos lugares. A mí también. Mientras ella recorría los rollos buscando lo que necesitaba, yo caminaba despacio, mirando cada color, cada textura, cada estampado.
Entonces la vi. No era una tela de flores. Tampoco tenía muñequitos, lazos o dibujos infantiles como los que solían usar las niñas de mi edad. Era distinta. Tenía un fondo beige con manchas irregulares en tonos café, terracota y pequeños destellos naranjas. No sabría decir si era un estampado abstracto; en ese momento ni siquiera conocía esa palabra. Solo sabía que no podía dejar de mirarla.
Me acerqué. La toqué. Era suave, pero no lisa. Tenía una textura corrugada que hizo que quisiera pasar la mano una y otra vez sobre ella.
Hoy puedo decirlo con total certeza. Fue la primera vez que me enamoré de una tela. No pensaba si estaba a la moda. No sabía nada de diseño. Solo podía imaginarme usando esa tela convertida en ropa.
Le insistí tanto a mi mamá que terminó diciéndome que sí. Ese "sí" fue mucho más que comprarme una tela. Fue decirme, sin palabras, que mis ideas también valían.
Apenas llegamos a la casa corrí por un cuaderno. Dibujé cómo quería que fuera mi conjunto: un pantalón, un chaleco y una blusa de un solo color.
Con el dibujo todavía en la mano fui a la casa de la modista, que además era nuestra vecina y amiga de mi mamá. Apenas me vio, levantó las cejas, como si pensara: "¿Y ahora qué se le ocurre a esta niña?". Se rió y, con una sonrisa traviesa, me dijo:
—¿Que traes ahí?
Yo le mostré el dibujo y le expliqué cómo quería que fuera el conjunto. Ella lo miró con atención, sonrió y me dijo: ya vienes con tus inventos. Hizo algunas preguntas, tomó mis medidas y, unos días después, convirtió el dibujo de una niña en la ropa con la que había soñado.
En ese momento todo me pareció normal. Hoy entiendo que no lo era. Ella pudo decirme que eso no era para niña. Pudo decirme que escogiera otra moda o que dejara esas decisiones para los adultos. Pero hizo algo mucho más valioso. Me escuchó. Y eso hizo toda la diferencia.
Cuando me medí esa ropa me sentí feliz. Recuerdo que algunas personas decían que no parecía ropa para una niña. Pero eso nunca me importó. Yo no quería verme igual a todo el mundo. Quería sentir que la ropa que llevaba hablaba de mí.
Poco tiempo después fuimos al circo. Estábamos mi mamá, mi hermana, mi sobrino y yo. No recuerdo el espectáculo. No recuerdo los payasos. Ni siquiera recuerdo los animales. Lo que sí recuerdo es la emoción inmensa de llevar puesto algo que primero había existido en mi imaginación.
Con los años entendí que esta historia nunca fue solo sobre una tela. Fue la primera vez que vi cómo algo que solo existía en mi imaginación podía hacerse realidad.
