Aquella madrugada
Hay nombres que se eligen. Y hay nombres que te encuentran.
Durante mucho tiempo pensé cuál sería el nombre perfecto para mi marca. Y cuando digo perfecto, no hablo de un nombre bonito o fácil de recordar. Buscaba un nombre que pudiera representar quiénes somos, nuestra cultura, nuestra idiosincrasia. Un nombre con el que pudiera sentirme identificada toda la vida. Un nombre que, aunque pasaran los años, siguiera contando una historia.
Busqué muchas opciones, pero ninguna me enamoraba. Ninguna hacía clic. Hasta que un día apareció TOTA.
Todavía recuerdo ese momento. Era de madrugada. Mientras todos dormían, yo seguía buscando el nombre de un sueño que todavía no existía. Estaba con mi celular en la mano, profundizando en la investigación sobre nuestra cultura. La cultura Cenú siempre ha sido parte de mi vida y no quería escoger el típico nombre que ya habían utilizado otras entidades para identificarse con ella. Quería algo diferente. Un nombre que pudiera pronunciarse en cualquier lugar del mundo y que, al mismo tiempo, tuviera fuerza, presencia y significado.
Fue entonces, con las luces apagadas y solo la luz del celular iluminando la habitación, cuando encontré la historia de la cacica TOTA.
Y sentí algo muy difícil de explicar. No solo porque estaba conociendo a una mujer importante de nuestra historia. Vi mucho más que eso. Vi liderazgo. Vi valentía. Vi sabiduría. Vi una mujer orgullosa de sus raíces, comprometida con su pueblo y con su territorio.
Y mientras más conocía su historia, más claro tenía que ese nombre no había llegado por casualidad. Había encontrado un nombre capaz de sostener un propósito.
Quería que cada mujer que llevara una creación de TOTA sintiera un poco de esa fuerza, de esa valentía y de ese orgullo por ser quien es. Porque siempre he creído que la elegancia y la sofisticación jamás deberían alejarnos de nuestras raíces. Al contrario. Creo que la mayor elegancia consiste en saber de dónde vienes y sentirte orgullosa de ello.
Ese día entendí que no estaba eligiendo solamente el nombre de una marca. Estaba eligiendo el compromiso con el que quería construirla.
Por eso, cuando alguien me pregunta por qué se llama TOTA, no le hablo primero de una cacica. Le hablo de una mujer que me recordó que el liderazgo también puede nacer del amor por las raíces. Le hablo de una historia que me hizo entender que el diseño también puede servir para mantener viva una cultura. Y le hablo del compromiso que asumí esa madrugada: crear piezas que no solo fueran hermosas, sino que también contaran de dónde venimos.
Porque hay historias que no merecen quedarse guardadas en los libros. Merecen seguir vivas.
Y yo sueño con que, cada vez que alguien pronuncie el nombre TOTA, no piense solamente en una marca. Piense en una historia que sigue viva.
